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El preámbulo
Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua
Jorge Luis Borges- Arte poética
I
No tuve azahares, ni vestido blanco, sólo un papel y la voluntad de estar con él. Llegué volcada en el futuro, colmada de la noche. El faro, el arrecife y el Caribe fueron testigos de las promesas y los sueños en ése breve, pero sustancial espacio.
La felicidad se entintó de desesperanza cuando el amor se fue con el ocaso. No tuvimos tregua en la guerra. La distancia y la indiferencia nos apartaron. Se acabó la fiesta. Naufragamos en el hastío, probé la resaca. Se fue entre la luz o con las sombras. Con su partida supe que la vida a veces es amarga y que simplemente ocurre.
Mis huesos no se hicieron viejos con los suyos, cenizas son en el olvido. Con ganas de muerte, cavamos nuestra lápida. En la soledad, aquél día que abrí el portón para cruzar por el umbral de la casa, el caos se me vino encima. ¡Qué noche tan infecunda y sombría!
Para dejar constancia de su paso, recorrió de norte a sur mis entrañas. Sembró alas, luz y viento que no mitigaron este encuentro. El trigo germinó por mis ojos trazando el preámbulo de la fertilidad.
II
Antes de que el amor partiera, acuñó la fertilidad en mi vientre, cimientos para vislumbrar la tierra prometida. Con la fecundidad tendí puentes con el universo al saberme entrañable.
Ante el asombro, hilé sueños con el prodigio de la maternidad. Adiviné su presencia aún no revelada. Se asomó un brillo cristalino en mi mirada cuando aún no había nacido. Llevaba una historia tendida con alfileres a la faz de la luna. Nueve meses en la espera, el mar en sus latidos y la prisa de las olas por llegar a la bahía.
Palpita el corazón de mis anhelos
te supe en mayo, te supe mía
piel canela, barro y tierra
te sé libre, me haces plena
llevas el sol en tus pupilas
soy lluvia cuando te tengo en mi regazo.
Manantial de mi sangre en un minuto, un suspiro, un quebranto. Sus manitas moradas inventaron el conjuro, se hizo agua y pez entre mis brazos. Una estrella calló en la cuna y las aves llegaron poco a poco.
En ese instante, todas las lunas parecían menguantes. Me nublé con la lluvia de sus ojos. Estaba asida a sus días, a su sollozo. Me eclipsaba y, sin duda, me aferraba a la vida.
La fertilidad se vuelve tierra, la tierra se torna en viento, el viento te pone alas, las alas te hacen libre para volar muy alto. Fui gaviota, el mundo parecía pequeño para recorrerlo junto a ella.
A mi pesar, los demonios cobijaron nuevamente mis sombras. Me debato entre la vida y la muerte. Mientras esta niña reclamaba vida con sus ojitos ávidos de futuro, yo simplemente me extinguía.
III
Las pérdidas nunca vienen solas. Inusualmente los objetos y las cosas más sencillas se descomponen para recordarnos que el tiempo se paraliza en ese instante. Son presagios, y esta vez mi padre partiría para siempre. En un mes de julio, enterré sus huesos dispuestos para los gusanos. Quedó en mi memoria, acudí al encuentro y recobré aquello que le dio sentido a los días fraternos.
Cegó sus ojos al filo del alba,
agonizó en la soledad del hombre,
sombría y puntual acudió la muerte,
su mirada apuntaba al Este,
el tiempo paró en un soplo,
nadie le aguardaba.
Una vida para morir
un minuto para vivir.
Fue un entierro de muerte,
sus días son el caudal de las cenizas.
IV
La vida trae consigo nuevas oportunidades para resarcirte de aquello que te han robado. Llegó nuevamente el amor, con otro rostro; tocó a la puerta cargado de deseos, rosas rojas y chocolates. Corrió las cortinas de mi cuerpo, puse a remojar mi corazón entre sus dedos. Se sentó a la mesa, bebimos vino blanco. En la suave tarde, sentí las caricias de sus labios y mi boca fue su boca. Del delirio pasé a las lágrimas, me sabía perdida entre sus brazos.
Durante el primer ensayo, preparé el equipaje, llevaba en los bolsillos unas monedas para el regreso por sí acaso. En el bosque, al calor de la chimenea y en un juego de azar tomó ventaja. El temor duró muy poco. Matizó mis dudas, despojó mis miedos con caricias, cinceló perlas de río en las ventanas de mi rostro. Vino la noche y luego el día, sin darme cuenta, desperté en su follaje.
Le abrí las puertas de la habitación, entró como un ave en invierno, hurtó la sombra de mis ojos, anidó en la cama como tempestad hasta quedarse quieto en la marea.
Llevo sus dientes presos en mis muslos, los besos sujetados a mis senos que se levantan como torbellino bajo el vestido blanco y en la comisura de sus labios escondo las palabras que me inventan. Los encuentros amorosos ocurren al filo de la luna y somos uno. Son días de plata, comulgamos, nos enredamos, renacemos. Me torno en tierra, lluvia, fuego y viento.
Este es el amor que no se dice, que no se nombra. El anonimato nos resguarda de la niebla. Somos el secreto en el silencio que hace nuestra historia novelada. La dicha llegó con él, también el desamparo y los días de trueno
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